Azul

El olvido de las memorias es una cura a mi locura, al dolor, al igual que el alcohólico encuentra la cura en el fondo de la botella. Hice una tregua con una creatura del mar, con el monstruo, el hijo de los titanes que permanecen encerrados en el centro de la Tierra, a la espera del momento en que sean llamados. Los llantos de sus hijos se logran escuchar al momento en que las olas estallan. Los mortales desconocen, o se les ha olvidado que fueron ellos, los titanes, quienes formaron el planeta. Al inicio, cuando esta Tierra no era tierra, era un planeta marino: el océano infinito.   Los titanes encontraron el paneta azul, un charco de agua sin movimiento, plano, hipnotizados por su color celeste; se metieron a nadar, sin antes saber. El  ímpetu del mar los ahogó; ni el más fuerte monstruo, ni el más alto pudo respirar. Ahogados en lo profundo, pero con vida, sus ojos abiertos. En esa era no existían habitantes marinos, las sirenas llegaron después. Los gigantes se transmutaron a algo nuevo; las olas gigantes nacieron, los titanes sacudieron el agua al momento de que una ola gigante se comenzaba a alzar, uno de ellos de metió en ella, evitando que finalizara. Ya tomando posesión de ella, permaneció estática. Un instante después, lo que debió de haber sucedido en siglos, se realizó en cinco latidos. Primero: el agua celeste se congeló; segundo: el hielo explotó y en su lugar roca sólida dejó; tercero: tierra cubrió la roca; cuarto: llovieron semillas; quinto: árboles brotaron. Las montañas se crearon, islas nacieron. Los titanes permanecieron en el corazón, donde hay un centímetro de nada, entre el núcleo y la lava. Aquí los titanes habitan, dando vueltas una y otra vez; aquí respiran.

Sus hijos procreados cuando jugaban en el charco celeste, quedaron atrapados en las olas, en su constate marea, revolcándose una y otra vez. El sonido que estas realizan cuando estallan, son los gritos de dolor de los hijos.

Esta historia se la narré una vez a Estela, mi hija, cuando fuimos en velero, uno de los primeros en cruzar el Pacífico. Ella, con cinco años, enamorada de los llantos de los pequeños monstruos, enamorada del vaivén que el barco creaba. Una mañana, cuando el mar estaba plano, la dejé correr por el barco, recuerdo que el color del océano era claro, como nunca antes lo había visto. Saltó  por la borda. Una pequeña ola comenzaba a formarse, Estela la tocó con la punta de su dedo. Se podía ver el fondo y ningún animal mariano nos acompañaba, estábamos solos con los pequeños gigantes. Fui por algo, ¿qué fue? No sé, no recuerdo qué pudo haber sido tan importante que me hizo dejar a mi tesoro en manos de ellos.

Al jugar con el monstruito, la ola comenzó a elevarse, cada vez que sucedía eso lo tocaba y

este crecía más, hasta tapar el sol. Ella la tocó una vez más, sin ver en lo que se había convertido su pequeño amigo; al instante que su dedo tocó el azul, se llevó su cuerpo entero. La ola había estallado gritando más fuerte y vi a mi Estela en una cama de arena.

Al verla, me metí, pero su pequeño cuerpo estaba demasiado lejos, demasiado hondo, era demasiada la distancia, demasiada el agua que nos separaba.

Intenté todo; ninguna cuerda era suficientemente larga; ni las velas del velero. Aún la podía ver, el agua seguía igual de clara, su rostro intacto, parecía que estaba soñando. Enloquecido por la desesperación, por la pérdida, intenté ahogarme junto a ella.  Sin embrago, los hijos no me dejaban, cada vez que sentía el último respiro, uno de ellos me alzaba de vuelta a mi barco. Incontables veces lo hice, solo para regresar al mismo lugar del que salté. Me debí de haber muerto de hambre, de sed, del dolor. Pero… mi necio corazón seguía latiendo, palpitando con fuerza en mi pecho.

Enloquecido por la muerte.

Una noche me puse la soga al cuello, lo iba a hacer, no había nada que me detuviera, nada que me sujetara a este mar, a este desierto, calmado. Pero una ola gigante me revolcó, deshaciendo el nudo y llevándome con ella. Dentro, una voz grave me habló:

—No estás destinado a morir aquí.

—No me voy a ir, aquí está mi tesoro, no la voy a dejar —grité con locura.

—Vete a donde perteneces, mortal, no eres hijo del mar.

—¡No! ¡Quiero estar con mi hija!

—Ella no regresará, uno de mis hijos ya se la llevó.

—¡Que me lleven a mi también!

—¡No! —gritó más fuerte.

Olas estallaron, huracanes se crearon.

—¡No me iré! —le grité más fuerte.

—¿Qué quieres, humano?

—Olvidar el dolor y estar con ella. 

—¿Estás dispuesto a una vida condenada al océano?

—Si eso es lo que tengo que hacer para quedarme, sí.

—Está bien, si es lo que deseas, haré una tregua contigo. No te podrás morir en las aguas que gobierno. Tengo entendido que tienes un velero, ¿es cierto? Tragué saliva.

—Sí.

—Bien,  creo que te puedo ayudar con tus deseos. Una de las creaturas que creé para los piratas que buscan mis tesoros, se encuentra sin capitán y sin nave. Estarás atado a la creatura y se alimentará de tus memorias, a ella le gusta el sabor del dolor. Navegarás los mares, hasta el día del fin. ¿Aceptas?

—Sí, acepto.

La ola estalló y tomé un respiro, parado en la punta del velero, vi como otra ola cargaba al animal más extraño que he visto, era algo pequeño. La ola lo colocó a mis pies. Me agaché a verlo, sus ojos eran del mismo tono celeste que el agua de esa mañana. La creatura era rosa pálido,

su piel lisa; sus tentáculos, que succionaban el aire, se elevaron colocándose arriba de su cabeza, como si estuviera alzando las manos y tres piernas con dedos y uñas largas.

—Te tenemos que cortar las uñas.

De un salto cayó a mi cabeza. Su boca, un agujero flexible, se abrió; los tentáculos en mi frente y nuca, chupando mi piel. Las memorias y el dolor por primera vez eliminados.

Como el alcohólico que olvida su pena, yo olvidé a mi tesoro.

Sabía que había finalizado, ya que me sentía liviano. La creatura seguía en mi cabeza y le pregunté:

—¿Cómo te llamas?

En mi mente vi el nombre: Eventyr.

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