Ojos Brillosos

El abuso de la tecnología. Verás, antes de la destrucción de la Tierra, cuando aún había naturaleza y animales, un anciano creó un chip del conocimiento para ayudar a su nieto tener contacto con la realidad. Aparece la imagen del niño de seis seventres con la mirada ausente, el anciano le coloca un chip del tamaño de mi pulgar en forma de triángulo en la nuca, un instante después el niño lo ve y sonríe, abre la boca y dice “abuelo.” Él lo alza en brazos y gira con él lleno alegría. Repentinamente la imagen cambia, hay cien- tos de fetos en incubadoras, cada uno con un chip similar al del nieto, sólo que estos son más pequeños y delgados. Observo uno a detalle y tiene impreso las letras TC, tecnología del conocimiento, el teCCono. De nuevo la imagen se modifica. Ahora estoy en un departamento impoluto, gracias a los cilindros que lo asean. Hay una pareja estática. Él sentado, ella de pie, sus ojos tienen un brillo peculiar. Suena el timbre, ninguno se inmuta, segundos después la puerta se abre y una caja blanquísima entra flotando, y se posa en el suelo, se abre y un infante de dos seventres saca su pequeña cabeza, se desliza al piso, permanece inmóvil su mirada emite el mismo brillo. Están en su realidad virtual.

Descubro el relieve de un pequeño triángulo en cada uno de ellos, con una cicatriz diminuta. La imágenes se proyectan con velocidad para mostrar el paso del tiempo en esa familia. El niño ha crecido son que sus padres le prestaran atención. Me sorprende ver en repetidas veces que no se comunican ni interactúan. A pesar de estar juntos, viven de manera solitaria dentro de su mundo real, el virtual, que para mí resulta irreal. Esa pareja casi no tiene intimidad. Prefieren sentir placer con objetos avanzados que les produce una explosión de dopamina, endorfina, euforia, oxitocina y serotonina. Se olvidaron de hablar, el amplio conocimiento adquirieron que les fue otorgado, no aprendido. Cada seis horas la comida sale de una línea delgada iluminado de tono morado la pared de ahí emerge una charola flotante con comida que se coloca según la posición en que cada uno se encuentra. Nunca dicen que tienen hambre, con tan solo pensarlo, la comida o la bebida llega a su mano y a su boca. La máquina tiene la capacidad de preparar varios platillos a la vez y cuando acaban de comer, la charola regresa. Un día el niño, ya de ocho años, se levanta de su sillón reclinable, parpadea dos veces y por primera vez el brillo de sus ojos se desvanece, hay una honda tristeza en su mirada. Se ve agotado. Va a la cocina, toma un vaso de agua, ignora a la máquina que ya le tenía uno listo. Gira y observa a sus padres por primera vez, él acostado en la cama y su madre en otro sillón reclinable. “¿Les importaré?”, dice en voz baja. Camina hacia su madre y le toca el brazo para despertarla. Ella no responde. “Mamá, despierta”, el niño la sacude. “Mamá, despierta, me corté los dedos”, dice mientras la sacude con más fuerza, sin embargo, ella no se mueve. Se dirige hacia su padre. “¡Papá! Despierta, es urgen- te”, presiona su pierna. “¡Papá! Me corté los dedos”, le dice una vez más. Toma al padre de los hombros y lo jala sin que reaccione. El niño comienza a sollozar. “Mamá, despierta, me voy a cortar los dedos”. Mira hacia el otro lado, “papá, despierta”. Decidido va hacia la cocina, toma el cuchillo más filoso, coloca su mano en la mesa y se corta presionando con fuerza. Su grito, su llanto es penetrante, cae al piso, se golpea en la nuca con la esquina de la mesa. Se desangra sin que nadie lo auxilie, sus padres continúan brillando en su realidad virtual.

La imagen cambia. Una mujer mayor abre y cierra sus ojos, el brillo extraño desaparece de su mi- rada, se ve desorientada, camina por su pequeño departamento sin saber qué hacer. Busca algo, pero no lo encuentra, permanece pensativa por un largo momento. “Cómo no voy a saber,” dice como intentando recordar. Recuerdo que era el año cinco mil cuatro, ¿o el seis mil? Abre la ventana y el polvo ensucia la impecable habitación. Los rodillos que limpian enloquecen. Amanda, piensa, viste cuando la nave de TARIA despegó y nos abandonó para morir aquí. ¿Cuánto tiempo pasó...? Continúa buscando entre sus cosas. Se levanta y dice, “no sé, no sé, no recuerdo qué año es, ni cuánto tiempo ha pasado. El teCCono me ha dejado sin margen de tiempo.” Toma su tablet mucho más gruesa que la mía, y con la calculadora divide 365 entre 73 igual a 5, cada cinco daiíz serán un fybe. ¡Qué fácil! dice sonriente y orgullosa de su ecuación y hoy será el primer fybe. Toma un marcador viejo del cajón y escribe en su ventana “1 fybe / 0 / 0Sv”.

Amanda inventó su calendario. En el momento que salió de la realidad virtual. A Partir de ese momento, surgen dos grupos, los que están a favor de los teCConos y los que disienten. Disienten, no sólo porque les anula su autonomía, sino por las innumerables desgracias que ocurrieron cuando algún integrante de una fa- milia llegó a herirse con tal de provocar alguna reacción en sus padres. ¿De qué sirve tanto conocimiento y desarrollo si ni siquiera son conscientes de que no les costó trabajo aprenderlo y se olvidaron del contacto humano? Fue la pregunta más recurrente antes de que llegara esta segunda catástrofe.

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